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Por: Carlos Fernando Villa Gómez

No son pocos los que han demostrado satisfacción por lo que está sucediendo en los mercados, sobre todo en nuestro medio, habiendo hasta convencidos de que esas acciones son demostración y resultado de un buen mercadeo: la compra o adquisición de pequeñas y medianas empresas por parte de las grandes y poderosas, considerando la acción como algo de beneficio, pero que a la luz de lo que ha pasado antes y puede suceder en un futuro no muy lejano, debe ser de alta preocupación para quienes entienden verdaderamente lo que es la búsqueda del mejoramiento continuo.

Los mercados libres, como el nuestro, no implican que las cosas se pueden hacer de la manera que cada cual desee, así como la libertad de expresión, bien entendida, no significa que cada quien tiene derecho a decir lo que quiera como lo quiera y donde sea. Deben existir normas para que se de un ordenamiento y un mejoramiento del nivel de vida de todos, siempre, como lo ha predicado el mercadeo verdadero, el que no persigue consumismo ni trata de forzar comportamientos.

Decía el famoso economista polaco Michal Kalecki, considerado como uno de los más grandes y mayor innovador del siglo pasado, que “el aumento del grado de monopolio ocasionado por la expansión de las grandes empresas da lugar a que las industrias en que éstas predominan absorban una proporción mayor de los ingresos totales y las demás industrias una parte menor, es decir, el ingreso se redistribuye de las empresas pequeñas a las grandes”.

Contra la concentración del poder económico, principalmente, que es la resultante de la cantidad de adquisiciones empresariales que hoy se están dando, y lo cual conduce a la reaparición de los monopolios, a pesar de las famosas leyes en su contra, y en el mejor de los casos a los oligopolios que ya se aprecian, y que a la postre son más perjudiciales que de beneficio para la sociedad, han comenzado a aparecer los llamados de atención, que desafortunadamente no han encontrado eco en los gobiernos que supuestamente han jurado trabajar por el mejoramiento de los niveles de vida de todos, como los hechos por el analista español del Centro de Estudios Acces de Barcelona, Alfredo Apilánez, quien ha dicho que “estas minúsculas pero irredentas luces, cuyo destello pugna por multiplicarse, insisten en resistirse a la consumación de los postreros repliegues de la dignidad popular ante los furibundos embates de los adalides de la ofensiva neoliberal, para que su parpadeo contagioso pueda reavivar la llama de la resistencia contra la deshumanización rampante”.

Estamos viendo cómo las grandes empresas nacionales, y las multinacionales, están adquiriendo las medianas y pequeñas, cuando no desaparecen las que no poseen la capacidad necesaria para sostenerse en mercados globalizados, siendo eso lo que se ha denominado dizque “inversión extranjera”, que en realidad no es más que “compra de mercados”, ocasionando una verdadera inexistencia de competencia que beneficie a todos, pues contra el poder económico, más que los demás poderes, es muy difícil competir en una sociedad como la colombiana, llena de desigualdad e inequidad.

Disfrazar lo que está sucediendo afirmando que es una competencia real, aunque en la práctica sea una lucha desigual, o, como algunos dicen, que es poder de negociación, no está llevando al mercado a tener una cantidad de opciones adecuada y benefactora, sino, primero, a lo que Jack Trout denominó “tiranía de la escogencia”, que a la postre, como se prevé, será una reaparición de monopolios y oligopolios.

El mercadeo real busca generar comportamientos preferentes y leales por medio de la formación de los clientes, ofreciendo alternativas suficientes, controlando la oferta y haciendo de ella una verdadera posibilidad de selección, previniendo las crisis en lugar de esperar para tener que reparar los daños y las consecuencias que el desorden de los mercados genera, y que desafortunadamente hemos visto y seguimos apreciando; pero ello no se logra cuando las alternativas, que hoy son muchas, más de las necesarias, se van agotando para dar paso a pocas y, finalmente, una sola, que es lo que sucede cuando “el pez grande se come al pez chico”, o sea que tenemos los monopolios a la vista. Como decía alguien, ¡Cuidado pues!